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ARTÍCULO TÉCNICO

Conservación del patrimonio histórico. Más allá de la limpieza

12/12/2016 - Zoa Escudero Navarro. Técnico del departamento de Conservación del Patrimonio Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico.
A nadie se le escapa que los bienes que componen el patrimonio histórico son frágiles, difíciles de mantener y conservar, y que a menudo se encuentran en una situación delicada, requiriendo de intervenciones expertas para prolongar y garantizar su supervivencia.

Hay una infinidad de factores que juegan en su contra; desde el peso de la edad y el envejecimiento de los materiales, los avatares que han experimentado a lo largo de los siglos, la influencia del entorno ambiental, las condiciones de uso, cuando no de las propias acciones humanas, intencionadas o no; no son raros los desatinos que se cometen en ocasiones intentando precisamente la restauración y mejoría del estado de todo tipo de objetos, edificios, lugares patrimoniales, etc., provocando, bien por la aplicación de técnicas agresivas o de sustancias inapropiadas, el efecto contrario al pretendido. 

Estamos empeñados, con toda la razón, en mantener en las mejores condiciones posibles y con el mayor grado de accesibilidad al ciudadano, una multitud de piezas históricas que se fabricaron con materiales perecederos, sin demasiada voluntad de permanencia y con una utilidad determinada, como vestimentas, aperos, libros o documentos; objetos de uso cotidiano que fueron en su día desechados, perdidos, abandonados a su suerte o sepultados. Otros que fueron creando obras para el disfrute personal, el culto o la adoración a través del tiempo, y, por ello, llegan a la actualidad castigados tras sufrir multitud de manipulaciones, añadidos, retoques, repintes, traslados y un sinfín de circunstancias adversas. Y de ello no se libran tampoco los edificios, erigidos con un propósito duradero, pero igualmente susceptibles a los ataques de distintos agentes. 

Recuperar y mantener nuestro patrimonio histórico es una labor constante y especializada, que debe enfrentarse a numerosos retos técnicos, entre ellos, por ejemplo, el del tratamiento de los depósitos o acumulaciones de suciedad que, de manera más o menos evidente, podemos encontrar en cualquier elemento patrimonial. En algunos casos nos encontramos con depósitos originados por el uso ya en época antigua, como el hollín generado por el humo de las velas, las huellas y marcas asociadas a la manipulación de utensilios o a las condiciones ambientales en las que han permanecido, manchas de humedad, de tierra, de grasa en vajillas, ropajes, etc. En otros casos se trata del resultado de distintos procesos físicos y químicos a lo largo de la historia por evolución de los propios materiales, como la corrosión de los objetos metálicos, el oscurecimiento o amarilleamiento de las pinturas por oxidación de los pigmentos y barnices que las cubren, la acción de microorganismos, la fijación de líquenes, mohos o incrustación de sales sobre la piedra, por ejemplo.

Entre los aspectos más comunes y más fácilmente apreciables que afean y ensucian los bienes se encuentran los agentes biológicos: la vegetación, los residuos resultantes de la presencia y acción de los insectos, las deyecciones de pájaros o murciélagos, nidos de aves o roedores, entre otros. 

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