Cobrar por reciclar botellas: El modelo de sostenibilidad usado en 40 países

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Gertrudis Bujalance

Imagina recibir dinero cada vez que devuelves una botella de plástico o vidrio. No es una utopía. Es lo que sucede en cuarenta países que han apostado por el Sistema de Depósito, Devolución y Reembolso (SDDR). Mediante este procedimiento, el acto de cobrar por reciclar funciona como una transacción económica directa que apela al ciudadano para pasar de mero espectador a protagonista activo de la economía circular. De hecho, esta estrategia de reciclaje es un ingenioso sistema para convertir los residuos en recursos.

Recuperación de una práctica tradicional en España

En España, una versión de este sistema de cobrar por llevar botellas vacías a la tienda funcionó con enorme eficacia durante más de cuatro décadas, ampliamente difundido y usado por la mayoría de la población. Esta práctica —conocida como «devolver el casco»— estuvo en práctica desde comienzos de la década de 1940 hasta principios de la década de los ochenta, cuando la llegada de los envases de plástico de un solo uso comenzó a desplazarlo.

El mecanismo era bien sencillo: al comprar gaseosa, cerveza, coca-cola o agua de sifón en una botella de cristal, el cliente pagaba un depósito adicional. Una vez consumido, el usuario llevaba el envase vacío a la tienda y recuperaba ese dinero o se le descontaba de la siguiente compra. Hasta cierto punto, podría considerarse más eficaz la técnica antigua, ya que ni siquiera destruía la botella de cristal, sino que la lavaba y reutilizaba.

Cobrar por reciclar: En qué consiste esta técnica de reciclaje

De manera muy parecida, el mecanismo actual es tan simple como práctico. Cuando compras un producto en botella de plástico o cristal, lata de aluminio o bric, pagas un pequeño suplemento que recuperas al devolver el envase vacío en un punto de recogida autorizado. Alemania, pionera en Europa con este sistema adoptado en 2003, tiene cifras de reciclaje superiores al 98% para las botellas de plástico. En Escandinavia, los ciudadanos han interiorizado esta práctica hasta el punto de que devolver envases forma parte de su rutina doméstica, como sacar la basura o hacer la compra. En España fue así: devolver los cascos era un acto que formaba parte de la rutina familiar de millones de hogares de nuestro país.

Los datos respaldan con contundencia la eficacia de este modelo. Los países que han implementado el SDDR reducen drásticamente la cantidad de envases que acaban en vertederos e incineradoras o, peor todavía, contaminando los ríos y océanos de nuestro planeta. En Estados Unidos, las zonas con este sistema de depósito recogen hasta tres veces más botellas que las que solo usan los contenedores públicos. La clave es el incentivo económico: el reciclaje tiene un valor tangible, logrando que la participación ciudadana se dispare.

El reto de la implementación global

A pesar de sus evidentes ventajas, la expansión del modelo plantea una serie de obstáculos. La infraestructura de recogida requiere una inversión considerable y coordinar a los fabricantes con los distribuidores y las administraciones públicas exige una regulación clara. No obstante, la tendencia ya es irreversible. La Unión Europea ha endurecido sus objetivos de reciclaje mediante el último reglamento de envases, mientras un número creciente de regiones estudia la viabilidad de adoptar sistemas similares. En cuanto a las empresas de limpieza y de gestión de residuos, esta evolución representa una oportunidad de crecimiento y especialización en un mercado que demanda soluciones cada vez más eficientes y sostenibles.