Con la llegada del verano, el calor invita a disfrutar de piscinas y parques acuáticos, espacios ideales para el ocio y el descanso. Sin embargo, estos lugares también pueden representar un riesgo para la salud si no se gestionan correctamente. La falta de limpieza, desinfección o control adecuado puede favorecer la proliferación de bacterias, virus y otros agentes contaminantes.
El acceso a agua limpia y segura es fundamental para proteger la salud pública, ya sea para el consumo humano, el uso doméstico, la producción de alimentos o las actividades recreativas. Es por ello por lo que cuando se descuida el mantenimiento y la limpieza de las aguas utilizadas para estos últimos fines, se incrementa el riesgo de exposición a agentes patógenos y contaminantes que pueden afectar gravemente la salud de las personas.
Desde 2010, el derecho al agua y al saneamiento ha sido reconocido por la Asamblea General de las Naciones Unidas como un derecho humano esencial. Esto implica que todas las personas deben tener acceso continuo a una cantidad suficiente de agua segura, asequible, de calidad aceptable y físicamente accesible para cubrir sus necesidades personales y domésticas. El tratamiento y mantenimiento adecuados de las aguas recreativas, por lo tanto, es crucial para cumplir dichas premisas. Una gestión deficiente puede convertir lo que debería ser una experiencia placentera en una fuente de enfermedades y problemas sanitarios.
Control de calidad del agua
En este contexto, la Organización Mundial de la Salud elaboró el informe Guidelines for safe recreational water environments, que contempla una serie de directrices sobre la calidad del agua, entre las que se encuentran las destinadas a fines recreativos. Este organismo estima que el riesgo de contraer enfermedades o infecciones en piscinas y otros entornos acuáticos recreativos está estrechamente vinculado a la contaminación fecal del agua.
Esta puede tener su origen en las heces liberadas por los propios bañistas, en el uso de agua contaminada desde el inicio o, en el caso de instalaciones al aire libre, en la presencia directa de anima- les como aves o roedores.
Aunque los brotes de enfermedades vinculadas al uso de piscinas no son muy frecuentes, sí se han documentado casos relacionados con diversos agentes patógenos, como virus, bacterias, protozoos y hongos, comprometiendo la seguridad sanitaria del entorno. Entre los virus, el adenovirus es el más comúnmente asociado a estos brotes (causante, entre otras, de enfermedades respiratorias como resfriados o infecciones de los ojos como conjuntivitis), aunque también se han identificado casos vinculados a hepatitis A, norovirus (responsable de los virus estomacales) y echovirus (estos suelen presentarse en forma endémica o en brotes epidémicos).
Es importante señalar que, en muchos casos, la relación entre un brote vírico y una piscina se establece de forma circunstancial, ya que rara vez se logra aislar el virus directamente del agua. Esto, sin embargo, dificulta la confirmación definitiva del origen del contagio, aunque la evidencia epidemiológica suele apuntar a estos entornos como posibles focos de transmisión.
Agustí Ferrer, director general de la Asociación Española de Profesionales del Sector de la Piscina (Asofap), recuerda que “las piscinas de uso público son espacios seguros si están gestionadas por profesionales acreditados”. Igualmente, apunta que “el agua de una piscina no solo debe estar desinfectada, sino que también debe tener un poder desinfectante”. Por ello, “no podemos decir que una piscina transmita tal o cual enfermedad, sino que va a depender del estado de los propios usuarios del vaso”. Y sentencia: “Lo que sí es seguro es que si un bañista tiene una determinada infección, un agua bien mantenida nos va a asegurar que el resto de bañistas no se vean afectados”.
Tratamiento de las aguas
Precisamente la desinfección a la que hace mención Ferrer es, junto con la filtración, uno de los requisitos que contempla el Real Decreto 742/2013, por el que se establecen los criterios técnico sanitarios de las piscinas, a la hora de realizar un tratamiento adecuado del agua para usos recreativos, que deberá “circular por los distintos procesos unitarios de tratamiento antes de pasar al vaso”.
Esta normativa también contempla el tipo de productos que pueden emplearse para una correcta desinfección para que el agua del vaso esté “libre de organismos patógenos y de sustancias en una cantidad o concentración que pueda suponer un riesgo para la salud humana”.
Para garantizar la seguridad sanitaria del agua en instalaciones recreativas es fundamental el uso adecuado de productos químicos regulados. Los desinfectantes empleados en el tratamiento del agua deben estar clasificados como productos tipo 2 —es decir, aquellos destinados a la desinfección en ámbitos de la vida privada y la salud pública— según lo establecido en el Real Decreto 1054/2002, que regula el proceso de evaluación, registro y comercialización de biocidas.
Por otro lado, cualquier otra sustancia química utilizada en el tratamiento del agua debe cumplir con los requisitos del Reglamento (CE) n.o 1907/2006 (RE-ACH), que establece normas estrictas sobre el registro, evaluación, autorización y restricción de sustancias químicas en la Unión Europea. En el caso de nuevas construcciones o reformas de piscinas, la normativa exige que la dosificación de estos productos se realice mediante sistemas automáticos o semiautomáticos, con el fin de asegurar una aplicación precisa y segura, tal como recoge el Real Decreto 742/2013 sobre criterios técnico sanitarios de las piscinas.
Principales contaminaciones microbiológicas
Según la guía de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre seguridad en entornos acuáticos recreativos, la contaminación microbiológica en estas aguas se clasifica en dos categorías principales. En ambos casos, una parte significativa de los contaminantes proviene directamente de los propios bañistas, ya sea a través de materia fecal o de secreciones corporales como las de la piel o las mucosas.
Además, existen otras fuentes de contaminación microbiológica en piscinas, como es el caso de ciertas bacterias y amebas de vida libre que habitan en el agua. Estas pueden proliferar en piscinas, jacuzzis o spas naturales, y formar biopelículas en las superficies y componentes de las instalaciones.
También se deben considerar factores externos, como la presencia de animales silvestres o mascotas, que pueden introducir microorganismos patógenos en el agua.
Peligros químicos
Según la OMS, a estos riesgos biológicos se suman los peligros químicos, presentes en el agua mediante diversos orígenes: el agua de llenado, los desinfectantes añadidos deliberadamente o los residuos que aportan los propios usuarios, como sudor, orina, restos de jabón, cosméticos o aceites bronceadores. En este sentido, las personas pueden estar expuestas a estos productos químicos de tres formas principales:
- Ingestión accidental de agua, algo común durante la natación, especialmente en niños, quienes tienden a tragar más agua que los adultos.
- Inhalación de sustancias volátiles o aerosoles, que ocurre al respirar el aire justo por encima de la superficie del agua, especialmente en espacios cerrados o en instalaciones como jacuzzis.
- Contacto dérmico, es decir, la absorción de sustancias químicas a través de la piel, lo cual depende del tiempo de exposición, la temperatura del agua y la concentración de los productos presentes.
Para llevar a cabo este tipo de trabajos de desinfección y filtración es imprescindible la labor que desempeñan las empresas de limpieza, en este caso las que desarrollan labores de mantenimiento de piscinas, una actividad profesional regulada que corresponde a profesionales especialistas en dicha materia y cuyas empresas se cobijan en la patronal de este sector, Asofap.
En este aspecto, Ferrer considera que “uno de los errores más comunes es abusar de los productos químicos pensando que de esa manera el agua tendrá mejor calidad, y esto es un grave error”. Tal y como señala, “en primer lugar, el agua tiene que estar bien filtrada y con un lecho filtrante de alta calidad”. Además, “el agua ha de estar químicamente equilibrada, para lo cual debemos empezar con mantener en un pH ideal (entre 7,2 y 7,8) para que los productos desinfectantes sean realmente efectivos”, puntualiza Ferrer.
Desinfección y filtración
En el décimo informe técnico sobre la calidad del agua y del aire de las piscinas de uso público, publicado recientemente por Sanidad, se recogen los datos notificados en el año 2023, que incluyen 12.369 piscinas (25.750 vasos) notificadas en SILOÉ. Según el documento, la filtración y la desinfección, individual o conjuntamente, siguen siendo los tratamientos más utilizados. El 65,7% de los tratamientos de desinfección se hicieron con hipoclorito sódico y el 84,3% de los tratamientos de filtración, se llevaron a cabo con filtros de arena. Este documento también señala que el 74,6% de los vasos cumple con la legislación al realizar al menos una filtración y una desinfección.
Aunque el cloro es el desinfectante más común, su uso genera preocupación debido a los efectos adversos sobre la salud y la formación de subproductos como las cloraminas, que causan irritación y malos olores. Además, algunos patógenos como el Cryptosporidium son resistentes al cloro, lo que ha provocado brotes incluso en piscinas tratadas. En este contexto, el ozono se presenta como una alternativa eficaz y ecológica: es altamente reactivo, elimina virus y contaminantes rápidamente, mejora la calidad química del agua y no deja residuos, ya que se descompone en oxígeno tras su uso.
Nuevas tecnologías
La desinfección del agua en piscinas es fundamental para garantizar la seguridad de los bañistas. Aunque el cloro, como se ha señalado, sigue siendo el desinfectante más utilizado, su uso genera preocupación por los efectos adversos sobre la salud y la formación de subproductos como las cloraminas. Además, algunos patógenos como Cryptosporidium son resistentes al cloro, lo que ha llevado a considerar tecnologías complementarias como la luz ultravioleta (UV) y el ozono.
La desinfección UV, instalada habitualmente tras los filtros de arena, es eficaz para inactivar una amplia gama de microorganismos, incluidas las cloraminas, y resulta especialmente útil para personas sensibles o alérgicas al cloro. Este producto, además, puede dañar sistemas de filtración y ósmosis inversa. Por otra parte, métodos tradicionales para eliminar cloro y cloraminas, como el carbón activado o productos químicos, presentan limitaciones y riesgos microbiológicos.
En este contexto, la radiación ultravioleta (UV) se sitúa como una alternativa más sostenible y eficaz. Aplicada antes de la filtración, la tecnología UV no solo destruye cloro y cloraminas, sino que también inactiva patógenos resistentes como Cryptosporidium y reduce significativamente la carga microbiana del agua. Esta tecnología permite mantener el agua limpia y segura sin necesidad de tratamientos químicos agresivos, mejorando así la experiencia y la salud de los bañistas.
Por su parte, el ozono destaca como el agente oxidante más potente, capaz de eliminar virus y contaminantes sin dejar residuos, ya que se descompone en oxígeno. Su uso permite reducir significativamente la cantidad de cloro necesaria, mejorar la calidad química del agua, disminuir la demanda de agua nueva y eliminar el característico olor de las piscinas cubiertas. Estas ventajas han llevado a su recomendación en piscinas terapéuticas y de ejercicios, según la normativa DIN 19643.
Disfrutar del agua en verano no debería implicar riesgos para la salud. La seguridad en piscinas y espacios recreativos depende de una gestión rigurosa, basada en normativas claras, tecnologías eficaces y profesionales capacitados. Apostar por un mantenimiento adecuado garantizará una experiencia placentera.
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